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Ellos dicen mierda, nosotros amén

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Se oyen cabalgar a lo lejos a los cuatro jinetes del Apocalipsis. ¡Pero qué ven mis ojos! No son cuatro, son dos. Un gallego barbudo a lomos de una gaviota, Mariano Rajoy, gritan sus prosélitos. A su lado, José Luis Rodríguez Zapatero, a lomos de su rojo corcel. ¿Rojo? Si Pablo Iglesias levantara la cabeza... Caminan firmes a nuestros hogares, de los que no saldrán ni a la bendita hora de la siesta. Y es que, damas y caballeros (perdonen si les llame caballeros, pero no les conozco bien), se aproxima el Día del Juicio Final, 9 de Marzo, elecciones generales, misa del gallo. A ver qué dice el sermón.

¡Vaya! Corren malos tiempos para la lírica. Mensaje fotocopiado en uno y otro predicador. ¿Tanto ha arraigado el pensamiento único? Terrorismo, economía, modelo de Estado, insultos, retrancas, ataques personales. La diosa Razón nos ha abandonado. ¡Novedad! Cumplirán una promesa. El que no gane las elecciones (la derrota es rica en eufemismos) le hará la vida imposible a su adversario, para que en 4 años se demuestre que el vulgo ha crucificado al Ungido y salvado a Barrabás. ¿Le importa a los creyentes? Ateos todos. Me explico.

Existen, han existido, dos maneras de entender la política: como descarga y como carga, como liberación y como inocuidad, como actividad sustancial y como ocupación superflua.

Nació la democracia como intento de liberación del pueblo, como toma de poder de la potestad de decisión, como división del cargo (y carga) de libre elección. Ha sido, se puede decir, la síntesis del liberalismo con el comunismo. La democracia es, en base, libertad más igualdad, las palabras sagradas de las Biblias liberales y marxistas. Utopía para Platón, teniendo en cuenta que en la ciudad la única democracia posible es la representativa, con lo cual el gobierno ha de estar en manos de los más cualificados racionalmente. Nadie se va a dar por aludido (sí por eludido). Ésa democracia es la que en España se defendió en la sublevación de Riego en 1820, en los preliminares (que no después) en esa Parusía republicana que acabó, por culpa del cainismo genético del macho ibérico, e incluso es la democracia que los antifranquistas defendieron. Ésa democracia que en teoría pretende restaurar la Sagrada Constitución del 78. Por cierto, promesa zapateril incumplida la de reformar la Carta Magna al final de esta belicosa legislatura.

Murió la democracia por el desapego a los políticos, por esa odiosa generalización (como dice Chase Adler, todas las generalizaciones son incorrectas, incluso ésta) de que todos son iguales. Cierto, existe una tremenda igualdad en el talento, hay una lucha brutal en ese terreno. Y es que en este país de jotas, sardanas, muiñeiras, sevillanas y, qué coño, cocaínas, con el talento de los políticos pasa como con lo que debe ser la tolerancia a la violencia. Cero. Conjunto vacío. Se abren las puertas del Congreso, entran 350 personas y el talento se queda fuera, hablando con los vetustos leones de las Cortes. Café a 80 céntimos en el Parlamento, a 1'30 en la cafetería. Desmembración de España en el Congreso, descomunal ebriedad en el populum. ¡Ahí está el asesinato, así se cose a puñaladas una democracia! En este país, la ley abre debates, no los cierra. La medicina abre heridas, no las cicatriza. ¡Aquí no hay quien viva!

Critico yo de la democracia que se haya deificado, que se haya convertido en inmutable. Democracia axiomática es una contradicción en los términos, y un sistema político que se basa en el constante debate y la permanente discusión de problemas, no puede hacer menos que vivir tambaleándose. ¿Qué vamos a pedir? Vivimos en el país del miedo al debate, del tú tienes tu opinión, yo la mía y no la vamos a cambiar, de la rigidez ideológica. Dichosa palabra la de ideología. Ideas es lo que hay que tener, no ese conjunto cerrado de logía. La democracia se ha convertido en el opio del pueblo. Tenemos libertad, ¿para qué queremos más?

Disiento. Nietzsche defiende que la libertad de una persona no es la que tiene, sino la que le falta y ansía tener. Se ha perdido esa lucha constante, esa rebelión interior, rebeldía ante el pensamiento único, o políticamente correcto. La desaparición de la agresividad (bien entendida) ha supuesto la muerte definitiva de la democracia. Sí, aquello que se le atribuye a Voltaire de lucharé a muerte por defender mis ideas frente a las tuyas, pero también lucharé a muerte porque puedas defender tus ideas. Apatía. Ataraxia. Sillon-ball. Reaggeton. Reality shows. Programas de corazón que se aproximan más a otras vísceras. Dice uno de los filósofos de más arraigo popular, Homer Simpson, que cualquier acción que exija más de diez pasos no merece la pena realizarse. Haraganería como premisa primordial de lo cotidiano.

¡Maravilloso comienzo de siglo! Oradores como Winston Churchill, Charles de Gaulle, Hitler, Azaña, Primo de Rivera, Clemenceau... Éste último dijo que la guerra es demasiado importante para dejarla en manos de los militares. Yo digo que la democracia es demasiado importante para dejarla en manos de los políticos. Dejemos de consumir barbitúricos televisivos, valoremos críticamente cada una de sus palabras. La revolución se traga a sus propios padres, la religión democrática a sus propios predicadores. Si se buscan verdugos, ofrezcámonos culpables.

Tags: España, inconformismo, sociedad, política

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